“El Malaguita” es un señor que vive en la calle. No tiene casa, tampoco coche y apenas se viste siempre con las mismas dos o tres prendas con las que sufre el frío y el calor. Sí tiene una mochila, unas cajas de cartón que le sirven de cama y, también de cartón, su tarjeta de visita en la que están inscritas las siguientes palabras: una ayuda para comer.
La primera vez que vi al “Malaguita” le invité a desayunar en la cafetería en cuyo portal ha montado su cuartel general. Ríete tú, luego, cuando llegas al despacho y estudias el concepto de domicilio y el de residencia en la jurisprudencia del Tribunal Supremo. Después de desayunar y hablar con él, le di algo de dinero. La segunda vez que lo vi, él me dio una lección: tras ayudarle, le dije si quería desayunar y me contestó que no porque ya lo había hecho.
¿Seguro?, le dije yo sin creérmelo… “Claro, no te voy a engañar encima de que me estás ayudando, hombre”.
“El Malaguita” es una de las muchas de las personas que no tienen nada; es una persona que los telediarios nos vomitan como una cifra más. Él es eso: una cifra, un pordiosero, alguien a quien ni miramos cuando pasamos, un sentenciado a muerte juzgado desde nuestra poltrona de la moralidad más asquerosa, hipócrita y repugnante de la que formamos parte. Nosotros, los que lo vemos a él como una cifra, los que ni siquiera le miramos cuando pasamos por su lado, nos atrevemos, encima, a juzgarlo. Poco nos pasa. “El Malaguita” es un espejo en el que se reflejan todas las vergüenzas de esta sociedad instalada en la más absoluta oscuridad, cobardía y comodidad.
Siempre que veo al “Malaguita” me acuerdo de “La ofrenda de la viuda pobre”. En este pasaje de La Biblia, Jesús, sentado frente a los cofres de las ofrendas, veía cómo la gente iba echando su dinero. Mientras que los ricos echaban mucho dinero, Jesús se fijó en una pobre viuda que apenas echó dos monedas de cobre de muy poco valor. Es entonces cuando llama a sus discípulos y les dice: “Les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos los otros que echan dinero en los cofres; pues todos dan de lo que les sobra, pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir”.
Que yo ayude al “Malaguita” no tiene ningún mérito. Hago lo que tengo que hacer, lo que he leído en La Biblia, hago aquello en lo que creo. Sin embargo, no nos engañemos, soy un fariseo más, un hipócrita, un pecador. Soy uno de esos “ricos” del pasaje de la viuda que echan lo que les sobra, pero lo hago convencido de que el amor es lo más importante que hay en la vida, de que el amor vence siempre, como Cristo venció en la cruz y nos recordó el gran Juan Pablo II en su memorable discurso a los jóvenes chilenos allá por el año 87. El amor que Dios nos enseñó, el amor a ÉL, es el amor a los demás y, especialmente, a los menos favorecidos: al pobre, al necesitado. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.”
Dar sin esperar nada a cambio. Dar porque Dios te lo ha dado todo y nada te pertenece. Dar porque, dando, eres feliz.
No hace mucho tiempo leía unas declaraciones del Papa Francisco en las que, tras recibir en audiencia a una serie de personas que contaban que siempre que veían a un pobre le daban dinero, éste les preguntó: “¿Cuándo le dais el dinero, le dais la mano también, tocáis vuestra mano con la suya?”
De nada sirve dar limosna si no damos amor, si no tocamos a ni aliviamos a quien lo necesite. El amor, como dice Benedicto XVI, es una luz que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da fuerza para vivir y actuar. El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque hemos sido creados a imagen de Dios. Vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo.
Algún día “El Malaguita” no estará donde acostumbra, pero nosotros ni nos daremos cuenta porque no mirábamos al pasar y no veíamos a nadie. Bueno, sí, veíamos una cifra, un pordiosero. “Estuve desnudo y me vestisteis… Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 36-40). Se llama caridad . Y la hemos olvidado.

